Parado 01. Un día cualquiera

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El reloj marcaba las 6:44, era un reloj digital y los números se veían claramente en la oscuridad de la habitación con un rojo intenso. A Francisco siempre le habían gustado los relojes de aguja, analógicos, pero con los digitales no había confusión alguna y esa era una de las cualidades que buscaba en un reloj despertador si quería mantener la costumbre de nunca llegar tarde.

Como muchas cosas en esta vida, el paso del tiempo es inevitable, el reloj lo sabía, como todo reloj que se precie, y por tanto, pasado un minuto, los números cambiaron y marcó las 6:45. En ese preciso instante, el reloj despertador fue a hacer gala de la valiosa función que desvela su segundo nombre y comenzó a sonar un leve pitido.

Una vez más, Francisco fue casi más rápido que el reloj y lo paró antes de que el pitido pudiera llegar más allá de sus oídos. Estaba sentado en la cama. Como cada día, se había levantado justo antes de que sonara el despertador. Conocía sus ciclos de sueño y su cuerpo se había acostumbrado al horario, si no fuera un hombre prudente se podría aventurar a no poner la alarma o incluso si fuera un temerario podría lanzar el maldito aparato por la ventana. Pero por suerte para el reloj, Francisco no era de ese tipo de personas.

No hacía falta encender la luz. La ropa para el largo día ya estaba preparada sobre el escritorio, su camisa perfectamente planchada, su corbata a juego, sus pantalones, y sus zapatos, tan limpios como siempre esperaban en el suelo junto a la silla.

Francisco era un hombre ordenado, sus padres le habían inculcado el orden desde que era pequeño. Cuando eres ordenado puedes moverte por la habitación a oscuras y sabes que la silla estará a tu derecha, por lo tanto siempre puedes evitar el desagradable golpe en el dedo meñique que Francisco se llevó al dar el paso y descubrir que la silla se había movido. Maldiciendo y medio cojeando todo el orden se desmonta entre el intenso dolor y Francisco se mueve como puede hacia la pared donde tanteando busca la luz.

La luz inundó la habitación y cegó levemente a Francisco que se recuperaba rápidamente de su accidente y comenzaba a preguntarse por qué hoy no era un día como los demás.

La mayoría de la gente tomaría este incidente como algo importante, algo premonitorio, una señal, “te has levantado con el pie izquierdo”, “has empezado el día con mal pie”, supersticiones totalmente comprensibles para mentes no científicas, pero Francisco era médico y aunque su legado social y cultural le incitaba a pensar que era mala suerte, él sabía que no, que a veces lees hasta tarde y te olvidas de colocar la silla en su lugar.

Con la luz encendida y después de haberse calmado un poco, Francisco comenzó a quitarse el pijama y lo soltó sobre la percha, el incidente de la silla le había retrasado más de lo esperado y no había tiempo para colocarlo adecuadamente. Comenzó a ponerse los calcetines, como cada día, primero el derecho, luego el izquierdo y cuando estaba tirando del calcetín hacia arriba descubrió un agujero.

- Vaya, parece que hoy no va a ser un día cualquiera -dijo Francisco resignado. Siguió con el calcetín roto, de todas formas el zapato taparía el agujero, y aunque le molestase un poco llevar el dedo gordo fuera durante todo el día, qué diablos, tampoco tenía que ser todo perfecto.

Continuó vistiéndose, se anudó la corbata al cuello, se puso los zapatos, cogió su maletín ya preparado y se dirigió al baño. Allí se puso frente al urinario y como cada mañana comenzó a preguntarse por qué razón siempre se vestía antes de entrar al baño, no tenía sentido y además era algo peligroso, aunque con el tiempo ya había depurado la técnica y casi nunca se meaba encima de sus zapatos. Se lavó la cara y se peinó con tanta precisión que las líneas que marcaban su cabello parecían dibujadas por un arquitecto.

A pesar de lo mal que parecía haber empezado el día, y de todo lo que podría salir mal en el baño, no pasó nada inesperado ahí dentro y Francisco salió inmaculado y listo para un día de trabajo. Pero antes de salir tenía que tomar el café.

El reloj de la cocina marcaba las 6:58, Francisco sabía que su cafetera no tardaría más de dos minutos en prepararle un exquisito café. En realidad Francisco no tenía prisa. Un hombre ordenado nunca tiene prisa porque siempre sale con tiempo y siempre tiene en cuenta los posibles inconvenientes. Francisco sabía que tardaría en llegar a trabajar una hora, así que tenía media hora para leer las noticias mientras se tomaba el café. Tenía que estar en su despacho a las 9:00 de la mañana, pero le gustaba llegar con media hora de margen para no perder el valioso tiempo de trabajo preparándose o leyendo el correo.

Como cada día, la taza de café humeante junto a la pantalla del ordenador reflejaba las noticias del día anterior mientras Francisco maldecía en un susurro al ver que su equipo de fútbol nuevamente había perdido. Las noticias, como cada día, eran malas, alguien había muerto, habían matado a otra persona, había una guerra por algún país que Francisco no era capaz de situar en un mapa, el paro subía, en fin, las mismas noticias que ayer y seguramente que mañana. Para Francisco esas noticias ya eran invisibles, había visto tantas muertes en los periódicos que una más no le importaba lo más mínimo.

Un día más la puerta del garaje se abrió cuando el reloj marcaba las 7:30 en punto. Un coche negro con aires de coche deportivo salió con las luces encendidas. Aún era de noche e incluso caía algo de lluvia, un invierno lluvioso este año había impedido a Francisco abrir la capota de su caro coche. De todas formas, siempre que conducía era de noche, así que la lluvia tampoco le molestaba demasiado.

Un atasco en la carretera, como cada día, a pesar de vivir relativamente cerca de la prisión, Francisco tenía que pasar por quince minutos de tráfico lento. Pero como Francisco era un hombre ordenado y conocía ese hecho, no le importaba, pasaba el rato de camino al trabajo escuchando en la radio cuál sería la siguiente medida del gobierno para crear empleo y cómo estaban los mercados.

Francisco llegó a la prisión un poco más tarde de lo esperado, pero aún así le sobraban veinte minutos. Ya llevaba un mes trabajando como psiquiatra en una nueva prisión abierta hace poco. Se encargaba de evaluar a personas conflictivas socialmente para intentar reinsertarlas en la sociedad como personas productivas. Los presos de esta prisión no eran violentos, pero sí molestos.

El último caso que trató Francisco fue el de un alcohólico que perdió su trabajo por no ir un lunes después de una fiesta por una resaca y que después de perder todo lo que tenía, para intentar pagar la hipoteca, intentó suicidarse en público y echar la culpa de su desgracia al banco. Francisco estaba muy contento con este hombre, porque en muy poco tiempo habían conseguido que volviera a trabajar, como camarero a tiempo parcial, y así poder volver a pagar la hipoteca, aunque su casa ya pertenezca al banco. Él seguirá durmiendo en la prisión hasta que esté totalmente rehabilitado. Un caso de éxito.

Como cada día, Francisco encendió su ordenador y comenzó a mirar su agenda. Al principio no le había echo mucha gracia el tener que trabajar en una prisión, pero era un buen trabajo, bien pagado y además su padre había tenido que mover algunos hilos para conseguirlo, no podía pedir más. Después de un mes ya se estaba acostumbrando y empezaba a ver el lado bueno, se sentía orgulloso de hacer algo importante para las personas.

En la agenda del día había algo diferente, otra cosa más, al fin y al cabo, este no parecía ser un día cualquiera. A primera hora de la mañana tenía la evaluación de un nuevo preso, algo que no era extraño, sin embargo el preso constaba como no identificado, algo extraño en los tiempos que corren.

Según el perfil que había recibido se trataba de un hombre, que se había negado a dar ningún nombre o a identificarse, por alguna razón las huellas dactilares no eran reconocibles por la policía. Le habían detenido durante la última manifestación y después de pasar algún tiempo en prisión lo habían destinado a esta prisión y habían requerido una evaluación psiquiátrica, puesto que insistía en no identificarse y no parecía estar del todo cuerdo.

Llamaron a la puerta del despacho y se abrió un poco. La cabeza de una joven asomó por la puerta, era Lucía, su secretaria. Al igual que Francisco, Lucía llevaba trabajando en la prisión un mes. Al haber empezado al mismo tiempo a trabajar allí, y dada su estrecha relación laboral, desde un primer momento Francisco y Lucía se habían hecho buenos amigos.

- Buenos días Francisco -comenzó a decir la joven-, el primer paciente de hoy ya está listo.
- Buenos días Lucía -contestó Francisco con una gran sonrisa-. De acuerdo, ahora mismo voy para allá.

Lucía le dedicó su mejor sonrisa y desapareció tras la puerta cerrándola. Francisco imprimió el perfil del extraño paciente, lo metió en una carpeta de catón y justo cuando iba a escribir el nombre del paciente sobre la carpeta se detuvo un momento. Este paciente no tenía nombre, bueno, al menos él no lo conocía todavía. Francisco era un hombre ordenado y como tal tenía una carpeta por paciente ordenadas por fecha y nombre. Esto le descolocó un poco, pero además de ordenado, Francisco era un hombre imaginativo y con recursos, así que no se preocupó demasiado por el problema que se le planteaba y decidido comenzó a escribir la carpeta: “Anónimo”.

Cogió la carpeta y se dirigió al perchero. Allí tenía su bata blanca, cualquier médico que se precie viste una bata blanca, y Francisco no podía ser menos. Rápidamente y con un movimiento elegante se puso su bata y salió por la puerta.

La sala de tratamiento estaba cerca de su despacho, tan sólo tenía que salir al pasillo y andar unos diez metros. Los pasillos de aquel edificio de la prisión eran totalmente blancos, con iluminación blanca y con suelo blanco y siempre reluciente. Las habitaciones eran tan blancas como los pasillos, sin embargo, en casi todas las habitaciones había grandes ventanales por lo que la iluminación natural casi siempre iluminaba las habitaciones.

La sala de tratamiento era una habitación como las demás, aunque el mobiliario era más reducido que de costumbre. Tan sólo había dos sillas, aparentemente cómodas, también de color blanco, una enfrente de otra. Un hombre esperaba sentado, en una de las cómodas sillas mirando al techo aparentemente interesado en algún punto extraño del mismo cuando de repente la puerta se abrió y entró Francisco con su impecable bata blanca que lo identificaba como médico.

Francisco se paró un segundo al entrar en la sala y ver al paciente allí sentado. Desde que había entrado a trabajar en la prisión se había acostumbrado a ver a todo tipo de personas, pero aquel hombre en particular le sorprendió. Era un hombre con pelo largo y descuidado, y una larga barba, también descuidada. Tenía el pelo de un color entre negro y gris por la presencia de algunas canas. El hombre estaba bastante delgado. Si Francisco hubiera pertenecido a algún grupo religioso que venerara a un supuesto semidiós con pelo largo y barba, quizás se hubiera sorprendido al ver a este hombre con el amanecer a su espalda. Sin embargo, Francisco era un científico, y como tal no pensó en eso.

- Buenos días -empezó a decir Francisco mientras se acercaba al hombre-, está usted sentado en mi sitio. Si no le importa, siéntese usted en la otra silla.

El hombre se levantó tranquilamente, se dirigió a la otra silla, la cogió y tranquilamente y con algo de trabajo la puso a la derecha de la primera silla y se sentó. Al ver la cara de asombro del doctor el hombre se decidió a hablar:

- No me gusta que el sol me de en la cara, prefiero que me caliente la espalda.

Definitivamente este no iba a ser un día cualquiera.