Todo es mio -cap 14- Muerte

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José Luís entró en el despacho de Juan, llevaba semanas queriendo hablar con él, pero Juan siempre estaba dándole escusas, siempre decía estar ocupado. Esta vez no se preocupó en intentar quedar con él, simplemente se presentó allí, cruzó a toda velocidad los pasillos esquivando al personal administrativo que intentó frenarle y llegó hasta el despacho.

Allí se encontraba Juan, sentado tras una gran mesa llena de libros y papeles, sin embargo Juan no parecía realmente ocupado, estaba recostado sobre su silla sujetando una taza de café.

Juan no parecía sorprendido por la visita de José Luís, seguramente esperaba algo así tras tanta insistencia por parte de José Luís por hablar con él.

- Hola José Luís, cuánto tiempo. Perdona que no contestara tus últimas llamadas, pero sabes que los últimos meses he estado bastante ocupado y no he podido sacar tiempo para hablar contigo.

Ahora parecía tener dudas, José Luís llevaba ya mucho tiempo pensando qué le iba a decir a Juan en cuanto tuviera la oportunidad, había tenido muchas conversaciones distintas en su cabeza, pero ahora que estaba frente a él se había quedado en blanco. No sabía qué decir.

- Ya veo -dijo José Luís finalmente-, hace tiempo que intento hablar contigo pero parece que es imposible, por eso he tenido que venir hoy aquí y esquivar toda la seguridad que tienes por aquí.
- Sí, bueno, ya sabes como está el tema de los ataques a la autoridad últimamente, no podemos permitir que se ataquen instituciones con impunidad.

José Luís se acercó al escritorio de Juan y se sentó en el cómodo sillón que había frente a él. Miró a Juan fijamente a los ojos y este le devolvió la mirada. José Luís no advirtió ningún tipo de sentimiento en el rostro de Juan, no era capaz de adivinar qué estaba pensando.

Desde que comenzaron el cambio de la sociedad José Luís había visto una actitud en Juan que no le generaba confianza. No era ninguna mala palabra o acción, eran simples detalles, destellos de desconfianza tras oír una frase de Juan o tras ver una sonrisa de este.

Juan había conseguido mucho poder en la nueva sociedad que en apenas tres años habían logrado montar en la ciudad y parte del mundo, y conforme había ido consiguiendo poder se había ido distanciando de José Luís.

- Sobre eso quería yo hablar. Cada vez tengo más dudas sobre todo esto. Hace ya tres años que comenzamos a montar la nueva sociedad, pero aún tenemos que andar con mucho cuidado y no hemos conseguido ni la mitad de lo que esperábamos.
- Las revoluciones no se hacen en un día -contestó Juan-, todo cambio drástico lleva su tiempo. Pero como habrás observado, aquí estamos funcionando correctamente casi desde el principio.
- Sí, esta ciudad es una de las pocas en las que reina la paz, pero según las noticias que me llegan cada día, la mayoría de las ciudades aún están en guerra.
- Tranquilo José Luís, estoy en ello, pronto terminará todo, estamos trabajando para extender nuestro modelo de funcionamiento a más ciudades, pero aún hace falta más tiempo.

Juan dejó la taza de café sobre la mesa y se levantó. Dio la vuelta lentamente a su mesa y se sentó sobre el borde de esta, situándose mucho más cerca de José Luís.

- Ya tenemos el primer banco en funcionamiento. Estamos imprimiendo billetes y ya hemos empezado a dar créditos. La gente se está adaptando bien al nuevo modelo y la mayoría ya tienen un trabajo remunerado. Ahora tenemos un sistema mucho más justo de reparto, tiene más dinero quién más trabaje.
- Esa no es la impresión que yo tengo -dijo José Luís-, últimamente veo muchos disturbios y la policía está continuamente deteniendo a gente por coger comida.
- Parece mentira que seas tú quién me estés diciendo esto José Luís. Esas personas que están en la cárcel son delincuentes, ladrones. Ahora las granjas tienen propietario, y no es legal coger el trigo de otra persona sin pagar por ello. Han sido juzgados y condenados y seguramente con la privación de la libertad aprendan que en el mundo existen una reglas que hay que cumplir.

Volvía a dudar, José Luís no estaba seguro, había pensado mucho sobre ello y entonces todo parecía lógico, pero ahora, hablando con Juan, todo lo que este decía parecía tener sentido y José Luís no encontraba argumentos lógicos para rebatirle.

- Tienes razón -admitió finalmente José Luís-, últimamente no veo el proyecto con claridad, quizás sea que me estoy haciendo viejo.
- No te preocupes -contestó Juan-, ya hiciste mucho por nosotros al comienzo, ahora deberías retirarte un poco y dejar que nosotros nos encarguemos del resto. Me ocuparé personalmente de que no te falte de nada, ya lo sabes.
- No, si no me falta de nada. Desde que se empezó a manejar la nueva moneda no me ha faltado dinero y la casa que se me ofreció en propiedad es más que suficiente para vivir.

Juan se levantó del borde de la mesa y se acercó a la puerta diciendo sutilmente a José Luís que la conversación había terminado. José Luís se levantó lentamente del sillón y se acercó a Juan. Seguía pensando en por qué razón había ido a hablar con Juan, qué es lo que quería decirle, qué quería cambiar. Sabía que tenía razones para gritarle a la cara, pero ahora mismo no lograba recordarlas.

Mientras se acercaba a Juan levantó la vista del suelo y vio la cara de este, y en ese momento volvió a surgir ese sentimiento de desconfianza, esa pequeña llama de odio, ver esa falsa sonrisa en la cara de Juan le hizo ver la verdad y volvió a tener más confianza.

- ¿Sabes Juan? Todas esas dudas que me asaltan en mitad de la noche, que hacen que no pueda dormir a pesar de que las bombas ya no se oyen desde mi ventana, tienen un fundamento, no soy un viejo loco.
- Nunca he dicho que seas un loco -contestó Juan aparentemente sorprendido.
- Desde un principio sabes que comparto contigo la base de esta sociedad, que cada cual se gane su parte del pastel, que quién más se esfuerce reciba más. O por lo menos eso es lo que pensaba que era justo cuando vivía mi vida antes de que ninguna guerra la destrozara por completo.

» Pero ahora... Ahora tengo dudas. He estado viviendo durante un tiempo en una sociedad diferente, que nunca llegué a imaginar antes, que no había creído posible y por un tiempo fui feliz. No supe reconocerlo, quizás por una añoranza de la juventud que nunca podré vivir, y por eso creía que debía cambiar el mundo, pero ahora tengo dudas.

» No es fácil ver que hay gente muriendo en las puertas de los hospitales porque no pueden pagarse las medicinas que antes podía coger sin problemas y ahora tienen un precio. Ni tampoco es fácil ver a gente siendo encarcelada por querer coger algo de comida de una granja que han cultivado durante años, y ahora resulta que es propiedad de otra persona.

» Tampoco es fácil ver la tristeza en las caras de las personas que van cada día a trabajar para conseguir el dinero que necesitan para poder conseguir cosas que antes no tenían precio, cosas que antes no tenían dueño.

» Todo esto no es fácil porque he visto que no es necesario, y como yo, toda esta gente. En mi época esto era lo normal, pero no había alternativa, nunca había habido una alternativa. Nosotros no sabíamos que esto era posible y sin embargo hubo una guerra que hizo posible el cambio y yo luché contra ese cambio, afortunadamente sin éxito. Desgraciadamente en esta lucha sin sentido he tenido más suerte y he ayudado a destruir un mundo que ahora sé que era mejor que cualquiera que podamos construir nosotros.

Frente a José Luís seguía Juan sin haber cambiado de gesto. Había escuchado todo el discurso de este sin intentar interrumpirlo en ningún momento y sin dejar de sonreír. Sin embargo la falsa sonrisa parecía haberse tornado poco a poco en una sonrisa verdadera, todo esto parecía divertirle, finalmente Juan estaba mostrando su verdadera cara a José Luís.

- Quizás no estés tan lejos de ser un viejo loco como creía -dijo Juan mientras abría la puerta e instaba a José Luís a salir.

José Luís dejó de mirar a Juan perdiendo toda esperanza, el discurso no había servido de nada, Juan no estaba dispuesto a cambiar. Entonces se giró hacia la puerta dispuesto a asumir su derrota y a retirarse, cuando de repente no pudo creer lo que veía.

Una figura se acercaba rápidamente desde el fondo del pasillo, llevaba una pistola en la mano y se movía con determinación, sin apartar la mirada del despacho.

- Irina -susurró José Luís de repente, con la boca entreabierta y los ojos llorosos.
- ¿Cómo? -dijo Juan sorprendido mirando hacia afuera.

Realmente era ella, allí estaba y se dirigía hacia ellos. Creía que estaba muerta, hacía mucho tiempo que veía su rostro, pero aún lo recordaba con claridad. Sin embargo había cambiado, su expresión era mucho más dura.

Irina entró en el despacho golpeando la puerta antes de que Juan pudiera cerrarla. Juan se retiró de ella de un salto. José Luís aún seguía sin creérselo, estaba allí, era ella.

- ¡Irina! Qué sorpresa más grande, cuánto tiempo sin vernos -comenzó a decir Juan recuperando medianamente su falsa sonrisa.

En ese momento y sin mediar palabra Irina levantó el arma y disparó a Juan.